29 ago. 2012

"Había una vez"

Dicen que allí acabó ella. Metida en una caja de cartón roída por el tiempo. Por cada día que pasó factura en sus ojos, sumaba una rayita más a aquella pintura que suplicaba ayuda, y  que nadie logró interpretar nunca. Muchos hablaban de ella como una ermitaña, pero no comprendían que detestaba estar sola y aislada en su propia jaula, construida a medida que los daños y los abandonos se apoderaban de su vida. Jamás alguien se atrevió a abrir la caja del todo, muchos lo intentaron pero se rindieron asustados al conocerla un poco a fondo. No tendrían nada que temer si hubieran averiguado la verdad acerca de sus heridas y de su austeridad. No encontraron ni supieron -ni quisieron saber- quién era ella en realidad. Es gracioso. Comentaban sobre su sonrisa y sobre sus labios, que innumerables hijos de puta consiguieron besar. También sobre sus piernas y sobre su pecho. Juraban  amarla (y muy en serio, decían) y a las dos semanas huían corriendo como cobardes. Y así uno, y otro, y otro. Recorrían sus vértices con osadía y en cuanto se aburrían se iban, sin conocerla. Después, claro, en boca de los demás se convirtió en una zorra. No lo era, ni nunca lo fue. Le hacían sufrir como si la matasen a balazos cada vez que comenzaba a querer a alguien. Por esa razón al final se resistió a enamorarse, y cuando apareció el adecuado se cerró a nuevas oportunidades. Por esa razón, la caja nunca se destapó. Y ella murió ahogada dentro, sin aire y sin motivos para respirar. Se apagó su mirada, se cosió su risa y encorvó su espalda. Todavía quedan un cuerpo y un corazón que late monótono; pero la verdadera esencia, la verdadera "ella", quizás nunca más resucite.
Malditos cabrones.

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