12 abr. 2016

Toxicología

Ella era un ciclón. El  ciclón.
Le gustaba amanecer junto al sol y después lo hacía desaparecer.
Aniquilaba la primavera
y arruinaba a los bares
siempre con la sutileza del viento que pone la piel de gallina.
Sus ojeras eclipsaban las farolas 
y los callejones cerraban sus salidas 
solo para que se quedase un rato más.
Ardía como arde el papel de liar
y pinchaba como la jeringuilla del yonkie de la esquina.
Decían que la curva que comenzaba en su cintura
y moría sobre sus caderas
era incluso mejor que la ruta 66.
Que su espalda era un aeropuerto
donde aterrizaban todos los aviones que se ahogaban en el vodka de un viernes decadente
y aseguraban
 que ningún piloto sobrevivía.
Que solo necesitaba doce segundos
para desarmar a un ejército
y que a veces le sobraban once. 


En ocasiones se olvidaba las bragas en el cajón
y entonces decidía no acordarse tampoco de su nombre.
Convertía la costura de sus vaqueros
en la trinchera de muchos locos
que no vacilaban en probar la droga escondida en el empeine de sus pies.
Sin embargo
no todos lograban llegar al final de las escaleras que eran sus costillas
sino que morían en su ombligo 
por miedo a no regresar jamás a sus casas
y a no sentir nunca más que dormían acompañados
si no era ella la que se revolvía entre las sábanas.

Era más peligrosa que el Katrina
y más fuerte que cualquier heroína de cómic.
Pero sin duda lo más letal
-y también lo más bonito-
era que sabía cuánto valía,
y jugaba tan bien sus cartas 
como un adicto al póker en un casino de carretera.