8 abr. 2012

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Se queda con  la mirada perdida de quien busca algo que sabe que no va a encontrar, con su ridícula soledad y con esa debilidad que la destruye. Siente cómo le tiemblan las manos, ajenas al calor que hace en la calle. "Eres lo mejor de mi vida, y te quiero más que a..." Basta. No más voces vacías, o frases soeces y carentes de sentido.  Que no joder, que no quiere oír más. Todo le  da asco. Siente náuseas y hasta tiene arcadas. Es terrible, pero nadie entiende, nadie escucha, está loca. Ve repugnante la idea de creerle, y en cambio siente cierta envidia por todas esas personas capaces de confiar en todo lo que no ven o presencian, que se abandonan a unas cuantas palabras desgraciadas e inútiles. Ella dice que luego lo que duele es la memoria, y que   nunca ha padecido más sufrimiento que el dolor de cabeza o de algún hueso fracturado. Pero... ¿un recuerdo roto? ¿Qué puede hacer más daño que eso? Está segura de que nada, y no piensa experimentarlo gracias a cualquier idiota que quisiera inmiscuirse en su vida. Hasta hace un tiempo esa hipótesis le había funcionado bien. Y ahora... ahora siente un fuego en los ojos que le da miedo, un miedo extraño, indescriptible, nada que ver con su fobia a las arañas. Miedo a escupir toda su rabia en unas cuantas lágrimas sucias. Durante su vida ha sido completamente opaca, le enseñaron demasiado bien la manera de esconderse en sí misma, como una tortuga. Pero sus muros no han servido de nada, han caído de pronto, algo que creía prácticamente imposible. ¿Qué ha pasado con sus ideas? Su forma de pensar y  sus principios, su seguridad y la tranquilidad que la caracterizaba, todo a la mierda. Adiós a la crisálida. Un imbécil la ha transformado.

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