3 feb. 2012

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Coge su mechero de encima de la mesa y se sienta. Enciende un cigarrillo y le da la primera calada. El sabor a tabaco inunda su boca, y por un momento un fugaz pensamiento de suicidio invade la habitación: ¿y si se tragara el humo, una y otra vez, hasta llenar sus asquerosos pulmones de mierda? ¿Y si...? No, basta. Su alma  no vale ni un quinto que otra cualquiera pero ella lo ha querido así, le dieron esas cartas y  no había sabido jugarlas. Es cierto que nunca se le han dado bien los juegos. La vida la ha quemado viva, está jodida y ahora le toca a ella hacer sufrir.  Y en el fondo le gusta -el dolor ya me enterró bastante y es hora de que alguien comprenda cómo me siento-. No está loca. Siguiente calada. La noche está amaneciendo. Y ella muere con el día. Más bien, un incendio interior le asfixia. Alarga la mano y coge la botella de tequila. Dicen que se bebe para ahogar las penas, pero ella no, ella es una buena anfitriona y se ha acostumbrado a invitar a una copa todas las  tardes a la soledad. Da un trago. Y unos cuantos más. Y los párpados ya no pueden más.

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