10 mar. 2011

Eran como uña y carne.

Le gustaba espiarle, observar cómo miraba  a otras, y darse cuenta de que solo para ella tenía una mirada diferente. Él fingía no darse cuenta, pero lo sabía, y en cierto modo le encantaba. Luego la interrumpía, con su bonita sonrisa, y ella se sonrojaba por dentro. A veces se imaginaba que algún día ella sería la que haría brillar aquellos ojos oscuros, llenos de vida, que tanto le gustaban. Le divertían sus maneras, las caras que ponía mientras pensaba, la forma en la que se concentraba en cualquier tontería. Solía hacerse la dura con él, o al menos lo intentaba. Sabía que eso le perdía, aunque siempre acababa rindiéndose, y era ella en todo su encanto. De cuando en cuando probaba a inmiscuirse en sus pensamientos. A decir verdad, nunca lo logró en realidad, pero era feliz pensando que los dos sentían lo mismo uno por el otro. Y en cambio, a veces estaba muy lejos de hallar la respuesta. Eso prefería dejarlo en manos del tiempo, ya que, a fin de cuentas, todo depende de él.

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