14 mar. 2011

Ella y solo ella.

Todas las tardes se sentaba en su silla, delante de la ventana, y veía cómo brillaba el sol o cómo llovía. Nunca dejó hacerlo. Mientras, recordaba, y se preguntaba por qué seguía con  aquella mentira. Era consciente de que no ganaba nada, pero por alguna razón no era capaz de parar. Toda una adicción. Siempre sostenía su móvil en las manos, esperando a ni ella sabía el qué. Luego mordisqueaba el gatito de goma que colgaba del teléfono y reflexionaba sobre cómo se sentía en ese momento. Escasos días se notaba diferente, era la misma monotonía constantemente: el frío que le recorría las entrañas hiciese el tiempo que hiciese, la nostalgia, los recuerdos y las vanas esperanzas. Más tarde entreabría la ventana, y respiraba el olor a tierra mojada, a ciudad lluviosa, o a calor de verano. Soltaba la cinta del pelo y dejaba caer su cabello sobre los hombros. Luego se hundía en él, y comenzaba a llorar. No era capaz de olvidar, era una inútil, pensaba. Pero lo hacía por él, y le quería demasiado. Tampoco atendía a razones, no dejaba que nadie se entrometiese en sus problemas, lo detestaba. Miraba de reojo repetidas veces el reloj, pero no se fijaba en la hora, quizás porque prefería perder la noción del tiempo.
No se sobresaltaba por nada, pero en cambio, tenía los nervios a flor de piel, y podía perderlos en cualquier momento. Todo le recordaba a él: su perfume, sus ojos, su sonrisa, su pelo, sus teorías. Cuando se oscurecía el cielo, sonreía, bostezaba y se echaba a dormir. Era tan típico ella... como también lo era su pesimismo, y sus pocas ganas de seguir adelante.

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