15 feb. 2011

.No me apetece escribir. Pero sé que por alguna razón he de hacerlo. Llevo más de veintidós minutos mirando la pantalla del ordenador. Sin saber qué teclear, ni qué decir. He intentado calmarme; no tengo ansiedad, pero no consigo respirar. Me tiemblan los dedos. Soy completamente consciente de que embucharme a tortitas de maíz no me ayuda. También he probado a reflexionar sobre cómo me siento. ¿Existen tantas palabras? No. Además, si las hay, no las conozco, con lo cual no puedo hablar sobre ellas. No. No tengo ni idea de por qué no estoy con decenas de folios en blanco delante mío, preparados para ser escritos, con un trabajo que copiar a mi derecha. Asco. Odio. Desesperación. Ganas de gritar. Pero silencio, solo silencio. El conejo que bebe, una respiración entrecortada. La carpeta que se cae. Una canción que suena, cerca, pero está mas lejos que nunca. Río, sin saber la razón. Oh, impulsos. Suspiro. Me duele la cabeza. Y ya está tan oscuro el cielo... Gris. Pero no importa. A veces me pregunto si el cielo va a acorde con mi estado de ánimo. Ni idea. En cualquier caso, es de las pocas cosas que no van en mi contra. Ahora ni la melodía ni la letra más tristes, ni las que me hacen llorar, me parecen suficientes. Incluso eso me parece demasiado alegre. La soledad me parece graciosa, rutinaria. Muy rutinaria. No tengo luz. El ordenador me hace daño en los ojos, pero ahora qué más da. Hoy todo es más frío que nunca. Y hoy, como todos los últimos días, para mí no existe un porqué.

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