16 feb. 2011

Suspiro. De alivio, quizás. El tiempo pasa lento, como si quisiera alargar más mi agonía. Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce, trece, catorce, quince, dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve, veinte, veintiuno, veintidós, veintitrés... y ha parecido una eternidad, a parte de segundos perdidos. Cómo todo. Todo está perdido. En cambio, estoy tranquila. Extrañamente tranquila. ¿De qué debo preocuparme? De poco, la verdad. O mejor dicho, de nada. No sé dónde se encuentra la razón, ni tampoco deseo que aparezca. Mi cuerpo está muerto. Y punto. O simplemente hoy no quiere reaccionar.

Y por supuesto, por una vez mi mente no va a llevarle la contraria.

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