20 ene. 2011

Dear anyone:

Hay miles de maneras de empezar una carta. Y en cambio, no sé cómo hacerlo. Por el principio, supongo. Me faltan las palabras, y en realidad me sobran. Pero es más bien el simple hecho de que no hay nada que decir que el no saber qué escribirte. Pienso que no tendrás tiempo para leer esto, siempre estás ocupado, aunque tampoco espero que alguna vez te llegue. Como me dijiste tú una tarde, “las dudas son la peor compañía.” Pero yo tenía muchas, y tuviste tiempo para escucharlas todas. Lo que más admiraba de ti era tu paciencia. Cuántos minutos esperaste una respuesta que se alejara de los tontos monosílabos que únicamente logré pronunciar aquel día… Te sentaste a mi lado y me hiciste preguntas, tal vez aguardando que soltase algo coherente, o tal vez no. Pero lograste abrirme la boca. Y yo, como siempre, estaba indecisa. Lo siento mucho, de verdad. Pero ahora es tarde para lamentarse.
Recuerdo que estar contigo me tranquilizaba. Durante algunas horas fueron todo sonrisas, abrazos, presiones, muchos “sí”, y muchos “no”. Sé que llovía. Hacía frío. Todo era más o menos como yo quería   que fuese. Y en cierto modo, lo que vino después, también ocurrió así. No estaba segura de nada, ni siquiera de si te quería o no. Pero fingí que así era. Fue un completo error. Más tarde vinieron los llantos, las llamadas sin contestación, los “pasa de mí”, las presiones en el pecho, los nudos en la garganta. Todas las noches mi almohada guardaba mis secretos. Ahogaba mis gritos, y absorbía mis lágrimas. Lo que no acabo de entender aún es que me dijiste que me querías, y poco después acabaste como siempre. Qué fácil es decirlo, ¿no? Seguro que ni sabes qué es querer de esa manera, a tu edad nadie lo sabe. Tampoco yo. Me tragué muchas mentiras, como una tonta. Pero la verdad es que, a pesar de que me cueste admitirlo, aprendí algo muy importante: el saber mirar a los ojos sin apartar la mirada. Ahí sí que se descubre todo. Pero, ¿sabes lo raro de todo esto? Que o sabes mentir muy bien, o nunca lo hiciste.
Ahora, me toca a mí decir la verdad: te echo de menos.

P.D: Del amor al odio hay tres pasos, uno por día.

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