16 oct. 2011

El cielo sigue tan gris como hace un par de minutos.  Esta mañana me he despertado mudo. Mudo de amor, de odio, de risas, de rabia, de sentimientos. Estoy totalmente inconsciente. Ni siquiera el otoño, haciéndome cosquillas en los pies, consigue que reaccione. Y esto es tan ridículo como la forma nerviosa en que tiembla mi labio inferior, mojado de inseguridades.
Acerco mi mano hacia el recipiente transparente, y me trago tres pastillas de confianza. Cojo mi cazadora. No, no puedo salir ahora. Está asomándose el sol por una esquina, y no traicionaré mis principios. Aún así, queda el atisbo de una niebla que fue dueña de mi cielo hasta hace nada. Y yo sigo mirando por la ventana.
Te veo a ti. Tan sonriente como de costumbre. Creo que puedo olerte desde mi habitación. Llevas una bufanda. Ah... recuerdo que un día te presté mi cazadora. Estabas tiritando, y a cambio,  de aquellas aún podía obtener tu helada sonrisa. Yo también tengo frío. Y  mucho más que tú. Quizás  tenga que ver con el temor  a que hayas encontrado a otro mejor, que te regale más rosas, que  te bese con más amor, que tenga ropa más abrigada. O quizás no me importes una mierda. Llevas también unos vaqueros oscuros, un jersey marrón,  y una sarta de tonterías más que no tienen relevancia alguna.
Mira, pero si me he puesto la chaqueta sin darme cuenta. Ahora ya da igual. Me abrocho el primer botón, el segundo, el tercero y el último. Decido bajar  a verte. Qué ganas de decirte hola, de volver a abrazarte, de tocarte el pelo y ver si te lo has teñido  de  un matiz más claro como cuando estabas conmigo, de ver cómo me sonríes a mí, y solo a mí, de recordar tu perfume y decirte el "qué bien hueles" de todos los días. Exacto. Igual que  en aquel maravilloso invierno que pasamos, sentados en el banco  del parque al que voy tan a menudo a ver si estás... pero  ciertamente, no sé si no has ido  más o nunca hemos coincidido. Puede que te hayas olvidado, pero no te preocupes, te llevo de nuevo, si quieres.
Corro hacia ti. De pronto te das la vuelta y veo tus ojos por fin, vacíos y a la vez llenos de tristeza. Susurras mi nombre, con un tono de decepción, o eso parece. "No deberíamos haber vuelto a vernos, esa era la promesa..." Eso me hace sufrir, es mucho peor que si me hubieran clavado un puñal en el pecho. Cuánto daño puedes llegar a hacer. Las palabras retumban en mi cabeza, un zumbido que va cobrando más sentido, y  cada segundo se torna más doloroso. Pensándolo bien, podría haberme esperado un "¿Y tú eres...?" que seguro que encontraría más desgarrador. Pero qué estupidez... cómo no ibas a saber quién soy, no puedes olvidar a alguien tan rápido. Bueno, tú sí. Si pudiste hacer que te recuerde en cada gota de lluvia que cae, eres capaz de hacer cualquier cosa.
Y se me pasan por la cabeza muchas cosas que contarte, cómo me han ido estos días sin ti; que no he querido conocer a ninguna que no fueses tú; que has aparecido cada noche en mis sueños; cómo le he dado de comer a tantas palomas esperándote, imaginando que llegabas tarde como todos los días; que he visto tus ojos en la luna más de una vez. Podría ignorar completamente lo que me has dicho, y sería estupendo para los dos.
Pero mi boca comienza a hablar sola. "Que le jodan a las promesas. ¿Acaso alguna vez cumplí todo lo que te prometí? Han pasado tres meses, y me he arrepentido de ello durante cada minuto. Y no he dejado de quererte ni una sola vez." Y de repente, te echas a mis brazos, y comienzas a llorar. "Tres meses son mucho tiempo..."

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