29 sept. 2014

No pestañeaste. 
Ni una sola vez. 
Tus ojos se clavaban en los míos y ardían.
Ardías.
El débil tictac del reloj  enmudecía tras tu respiración entrecortada
y yo te miraba la boca.
Esperaba a que me besaras. 
Pero tus labios ni se crispaban y los míos parecían terremotos.


Creo que lo hacías a propósito,
te gustaba verme así.
Desarmada y sin ases en el encaje de mis bragas,
aunque te aseguraste comprobando mi sujetador por si los había escondido allí.
Después encendiste un cigarro. Y no me ofreciste. 
Yo apretaba la mandíbula mientras tu humo ponía mi piel de gallina.
Mis pupilas se deslizaron
desde tus fauces hasta tus dedos
y todas mis terminaciones nerviosas culminaron en tu calada.

Me acercaste el cigarr
en silencio
pero entonces agarraste mi muñeca 
y, lejos de poder sobrevivir a tus descargas,
se me escapó un suspiro.

Soltaste mi cuerpbruscamente
y yo fumé sin inmutarme,
reacción que para ti fue rebelde
y suficiente.
Llevaste una mano a mi pelo y lo trenzaste con las arrugas de tus yemas,
acariciaste los huesos de mis pómulos maquillados
y trazaste a carboncillo
una línea desde mi comisura 
hasta mi mentón.
Sentí como un hielo derritiéndose sobre mi clavícula
que bajó trotando mis vértebras
y me levanté.

La esperanza de no pasar la noche en soledad
de enloquecer acompañado
 se asomó en tu cara
y quizás -solo quizás- en la mía.
Pero me fui.
Mis poros no soportaron el frío de tu alienty mis nervios
simplemente
se desgarraron.
Sí, me fui. Y creo que el ruido de la puerta al cerrarse
fue menos doloroso que el silencio de la luna que me vigiló hasta casa.

Esa noche soñé después de muchos meses.
Soñé que volvía
y que tú no me dejabas marcharme,
soñé que desvelabas mis cartas
y que por fin
ganábamos la partida.



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